9 abr 2026

Sobre la moral intelectal reinante II

En las novelas de Milan Kundera, donde a menudo el fantasma degradado de la revolución comunista se caricaturiza con un ácido humor negro y un buen golpe de realidad, hay a menudo "comités de honor". Éstos se meten con la vida privada de los ciudadanos al grado de deshacer la vida, pública y privada, de una persona, a partir de simples bromas entre iguales o por la incapacidad de decir de frente "no me gusta tu trabajo"; es decir, por ser condescendiente o amable. Eso se castiga moralmente desde las instituciones. Y no precisamente lo digo por La broma -temas más profundos hay en ella-, sino por el ridiculísimo caso del primer cuento en El libro de los amores ridículos, "Nadie se va a reír".

Hace tiempo, vengo hablando en mi entorno de una moral intelectual reinante. No he escrito mucho al respecto porque otros ya lo hacen, mucho mejor que yo, y mi voz prácticamente no cuenta. Menos desde que dejé redes sociales y porque no vivo de mi literatura a través de su notoriedad o popularidad. En este mundo, donde decir algo no conveniente o impopular para el siglo y la sociedad de la justicia es como cavar tu tumba -al menos durante unos días u horas-, es mejor dejar que todo pase. La pregunta es ¿pasará? Antes de que me pudra bajo tierra, ¿pasará? 

Esto no tiene que ver con política directamente o partido en el poder. Más bien, se trata de la complacencia de la burocracia cultural por cumplir una agenda pública exigida por una bola de seudointelectuales y artistas de pacotilla siempre al tanto de "lo que se debe hacer y decir" en lugar de formarse más, para luego crear y eventualmente ver si es viable hacer público algo de calidad. Todos, por supuesto, piensan igual, opinan lo mismo -palabras más, palabras menos- y todos son grandes rebeldes y justicieros.

Es profundo el tema de la cancelación. Además, la censura moral masiva e incendiaria como motivo de explotación mercantil para las grandes compañías de las redes sociales, donde la actividad que se genera es oro puro, está explicada con detalle aquí y allá. Es como no desperdiciar agua, ahorrar energía eléctrica o beber Coca-cola: todos lo sabemos, hace mucho, pero seguimos metiendo las cuatro patas. Bien válido es que uno aprenda a vivir con sus contradicciones o, por lo menos, a no perder la cordura por sus debilidades. Sin embargo, es lamentable que las instituciones le entren al juego y que el discurso justiciero sirva para "quedar bien" y enaltecer carreras públicas o popularidad en las instituciones. 

Lo más triste es que éstas no tengan nada que ver con las instituciones que de verdad deben impartir justicia, las de "Cultura", por ejemplo. Lo que hacen es dañino en dos caras: por un lado, la social del arte -aunque ahí encuentran su ganancia discursiva-; por otro, la institucional. Al quitar el poder a quienes deben impartir justica, al dividir su responsabilidad por crear nuevas instituciones para tal fin o al generar nuevos comités de honor por institución, lo que hacen es quitar poder de acción, deslegitimar un orden legal establecido y crear ambigüedad institucional. Al mismo tiempo, se desperdician más recursos públicos -y su aplicación sigue siendo ineficaz-. 

Claro, porque lo que México necesita es debilitar cada vez más sus instituciones. Mejor aún si es entre iguales, puros ciudadanos castigando a otros ciudadanos, qué importa el verdadero problema del narco y la corrupción, qué importa la contaminación o la violencia normalizada. Lo mismo daba en los comités comunistas de República Checa, en los nazis de aquella Alemania o en la moral cristiana blanquísima -de la cabeza- que permea las instituciones imperiales yanquis: si se busca la popularidad, la saciedad de la mayoría, el cómo y el porqué son indiferentes. Lo que importa es satisfacer la sed de justicia -o venganza- auspiciada por Meta. 

Copiamos su modelo, todo lo dicho, por los supuestos colonialismos que criticamos. Exigir justicia no es cuestionable, pero sí perder la cordura y aplaudir la pérdida de un Estado de Derecho en pro de un buen sabor de boca por cinco minutos de supuesta rebeldía. Paliada en redes sociales con un pronunciamento o mediante las "cartas de la vergüenza" que el reportaje de Aura San Juan Ramírez evidencia, y que ya antes mencionó Jeremías Marquines en "Premios de poesía en México: los vicios, la discriminación y la notoriedad". Sí, esas cartas que debes firmar para ejercer tus derechos culturales si una institución pública lanza convocatorias a premios artísticos. Muestran -con mejor cordura que yo- que el daño es ya sistémico. El punk, los hippies, el feminismo, sus contrapartes históricas -las que los vieron como moda-, con sus aciertos y errores, lucharon generacionalmente por una apertura que hoy perdemos en pro de discursos que supuestamente los siguen y renuevan. 

Esta apertura de la mente se pierde en pro de una "justicia" rayana en el señalamiento colectivo para pertener o ser excluido en un culto religioso. Pero, y eso es muy respetable, en una institución así es voluntad de los participantes obligarse a los requerimientos de su liturgia. Lo mismo pasa con los premios o convocatorias dirigidos por instituciones privadas: están en todo su derecho de establecer reservas a discreción. Sin embargo, para las instituciones públicas, permitirse ser intelectual o artista hoy en México consiste en declarar que "eres limpio del alma, buena persona y puro de todo tu ser, susceptible de ser aceptado por el Señor". 

Claro, "Señor" puede sustituirse por cualquier autoridad -real o imaginaria- de la ideología subyacente. No importa ser, por ejemplo, pésimo poeta o tener nulo talento histriónico. Ojalá las artes vuelvan a considerarse por sí mismas y las distintas Secretarías de Cultura -o quien haga sus funciones- dejen de fungir como pastores o sacerdotes que cuidan a su rebaño del mal, tras expulsar a todo el que no cumple con sumisión las reglas de sanidad moral intelectual. 

Hoy toca dejar pasar, ¿pasará?



Qué fácil - Vómito nuclear


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Pa' leer (medios, personas, ideologías y posturas diversas coinciden):

https://massinformacion.com.mx/nadia-y-la-semilla-penista-poesia-y-carta-de-sanidad-moral-acusan-a-leonel-godoy-y-a-moron-colmenares-paramo-reincidir/

https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/02/17/opinion/circo-en-la-sep-ni-a-cual-irle

https://www.eluniversal.com.mx/cultura/ilegal-carta-de-sanidad-moral-que-pide-inbal-a-concursantes/

https://www.bajopalabra.mx/sentencia-historica-justicia-federal-castiga-estigmatizacion-y-discriminacion-contra-poeta-en-el-snca/


17 mar 2026

Notas a tomar en cuenta para un HomeOffice sano

El homoffice se volvió un método laboral importante para muchas personas tras la pandemia de la COVID-19. Sin embargo, mucho antes de la pandemia ya había empleos en línea y métodos para ganar dinero que no necesariamente eran empleos, aunque sí requerían una inversión de tiempo y esfuerzo considerables, equiparables a un empleo. La diferencia radicaba entre hacer algo productivo -no en términos monetarios, sino sociales- y obtener dinero por el dinero mismo. 

En mi adolescencia, tuve un sitio web, antes de que fueran ultranecesarias las redes sociales, cuando las bandas todavía se conformaban con una: MySpace. Mi sitio utilizaba varias cuentas de alojamiento en GeoCities de Yahoo!, con un dominio gratuito de Tokelau. Programado en HTML, tenía Contador y Libro de Visitas, así como un reproductor en Flash que alternaba cinco canciones cíclicamente (no tenía capacidad para más entre todas las cuentas de GeoCities). En ese sitio difundía todo sobre tokines, más que nada de ska y reggae, de la escena underground de Cuernavaca. Se llamó Raskale (www.raskale.tk). Era el 2004, estudiaba la secundaria y todo lo hacía por amor al gusto de ese ámbito musical, por "amor al arte".

Ya en la preparatoria la cosa cambió. Junto con amigos hechos en línea y compañeros del Bachilleres 1, hicimos distintos blogs de música; el más famoso: Debraye Ácido. Eran tiempos de compartir todos los demos que obteníamos en conciertos, discos independientes, y muchas maquetas viejas que íbamos digitalizando, a veces desde casettes. Horas de pasar los CD's a la computadora (familiar y de escritorio, por supuesto, a veces en un ciber), de descargar discos completos o armarlos canción por canción con torrents o programas p2p (Ares, Kaza, eMule), luego pasarlos de cierta calidad (como WAV) a una más baja en MP3, para finalmente poderlos subir gratuitamente a sitios como MegaUpload o MediaFire. Siempre con múltiples opciones por si fallaban o nos los eliminaban. Así conocí a muchas bandas que hoy sigo escuchando (2 minutos, Espécimen o Lvzbel, por ejemplo). Y llegó el infortunado día de "monetizarlo".

En esos tiempos, no había apps bancarias, ni siquiera teléfonos inteligentes. De hecho, cuando salieron -o, por lo menos- se dieron a conocer-, pocos años después, eran cosa muy de lujo y de señor empresario. Carísimos y lejísimos de las necesidades comunes. No se había liberado la red para que todos tuvieran (y eventualmente necesitaran) Internet móvil a precio accesible. En fin, no había transacciones de dinero en línea tan habituales como ahora. A la gente, en general, al menos acá en México, le daba desconfianza verter los datos de su tarjeta para pagos en línea. Sí se hacían, pero con reticencia colectiva. Nada de avisos al momento ni tarjetas digitales. Y entonces apareció el monstruo que hoy arruina toda la Internet: la publicidad al alcance de todos (hoy, la vida de muchísima gente es en sí misma publicidad capitalizable gracias a la red). Metías en tu blog un pequeño código que te permitía hacer que todo hipervínculo, antes de abrirse, pasara por un breve comercial (Adf.ly era la reina del sistema). 

Así, todos los foros y blogs, antes libres, de compartición de discos, libros, series y películas, se llenaron de anuncios que comenzaron a volver inaccesibles estos espacios, ya porque exigían muchos recursos en publidad antes de llegar al objetivo, ya porque te metían algún malware. Incluso, salieron los aún existentes sitios que en el fondo no comparten nada, pero te abren diez pop-ups y te meten comerciales, así como links malicisos. Un sistema que poco a poco daría cabida al streaming y a una sociedad que encontró lógico pagarlo. A las membresías por todo. A las leyes del capitalismo metidas en cada aspecto de la vida digital, antes tan libre y donde, virtualmente, todo era posible para formar una auténtica comunidad mundial sin límites. Por ejemplo, uno bajaba distros de SO operativos libres basados en Linux y comenzaba a aprender, probrando, mucho software -no lo llamábamos "aplicaciones", menos "apps", sino "programas"- que hacía funcional la vida digital, sin necesidad de comprar licencias. Caímos en la trampa.

Los blogs se fueron al diablo. Aquello desapareció. Ganabas apenas unos centavos. No había redes, ni siquiera tanto público, ni usuarios o audiencia reales como para vivir de ello, y no valió la pena perder algo que había costado tanto esfuerzo por esos centavos. Al final, ni las bandas ni nadie recibía un peso de aquello. Nuestro fin no era lucrar, sino difundir algo no tan popular (hoy lo identifica uno fácilmente con la cantidad de oyentes en plataformas como Spotify, que igual pagan una bicoca a las bandas no populares, y que yse quedaron sin muchas opciones para obtener ingresos). Pero aparecieron modelos para ganar dinero en línea, ya con los smarphones en ciernes, que consistían en pasarse al lado de la publicidad. Eran modelos rayanos en lo piramidal. Comenzaba mi estancia en la universidad y el famoso PTC (Paid To Clic) estaba en auge. Consistía en ser miembro de una página como ClicSense, NeoBux (o algo así) y otras más donde dabas clic a anuncios, los veías por cierto tiempo y ganabas tus décimas de centavo de dólar. Había páginas que permitían ver muchos comerciales, unos mejor pagados que otros; existían las que agregaban encuestas o surfeo por horas, sólo dejando el navegador abierto, modelos de generación económica que aún existen o se aprovecharon de otra manera. 

El negocio para los simples mortales realmente no radicaba en dar clics y ver publicidad, sino en pagar una membresía gracias a la cual, de acuerdo con cada plataforma, se incrementaban tus ganancias de una u otra manera -más anuncios, anuncios mejor pagados- y también te ofrecían una cantidad de anuncios por memebresía o anunciarte a precios más accesibles. Aun así, no valía la pena meter 10 dólares mensuales para ganar 20 centavos al día. Las cuentas no daban. El sistema entonces se estiraba a lo piramidal. El estímulo era ganar por tus referidos que, entonces, no era un término común. Y los que nos decidíamos a ganar algo de dinero con esto teníamos que comenzar un espacio que fungiera como plataforma de inversión -un blog o sitio web-, donde íbamos diciendo paso a paso "cómo ganar dinero en Internet", con explicaciones en video, pantalla grabada, o texto más imágenes (hoy les diríamos "tutoriales") para nuestros aprendices, a quienes hoy llamaríamos "seguidores". En esa plataforma, uno explicaba cómo funcionaba cada sitio para, al final, dejar tu link de registro y así ganar referidos. Actualmente, sigue vigente este modelo, sobre todo en financieras y tarjetas, aunque se extrajo de las ya entonces muy consolidadas ventas por catálogo. Si éstos, además, seguían el buen camino, compraban membresías, hacían su propia plataforma, referían a más gente y esto te daba más ganancias. 

Por supuesto, ya teniendo tu blog, videos y demás, tenías que estar probando todas las páginas que salían y muchas eran scam, vil fraude desde el inicio, con algún gancho como pagar bien al inicio. También tenías que interactuar mucho, responder comentarios en tu blog/página, ser activo en foros, continuar con los comentarios en tu cuenta de YouTube, crear una FanPage de Facebook, actualizar y actualizar información. Así descubría uno cosas como el intercambio de links (yo seré tu referido en tal página y tú sé el mío en esta otra) o mil variantes de lo mismo. Por ejemplo, estaban activas FanPorFan y FanSlave, webs que te servían, o bien, para ganar muchos clics en una publicación en redes sociales, seguidores, amigos, etcétera, o bien, para ganar dinero con tus redes dando clics a diestra y siniestra aquí y allá. Había foros especializados para ello, cadenas donde te formabas para el registro. Grupos también que querían saquear a los estafadores o sólo informaban dónde no entrarle. Reportabas tus pagos en PayPal o Payoneer principalmente, aunque ya comenzaba a tener presencia BitCoin y las carteras para tenerlo como opción de pago. Con esos comprobantes que publicabas dabas credibilidad a tu sistema y comprobabas que una empresa era real y sí pagaba. Personalmente, siendo estudiante, llegué a obtener ingresos mensuales regulares de unos 500-800 pesos y solía reinvertir la mitad. No era mucho, pero nadie daba crédito a ganar dinero regular así en la red, desde cero. 

Tardé unos dos años en llegar a esto e iba siempre en aumento, pero, aparte de que el modelo comenzó a parecerme nefasto, era mucho el tiempo invertido en un proyecto que quizá me daría dinero, mas no en una manera que me hiciera sentir a gusto. Si no piramidal, era, cuando menos, algo así como los talleres literarios que no se centran en la profesionalización de sus asistentes, sino en formar talleristas, que darán talleres a futuros talleristas, que darán talleres a futuros talleristas... Todos pagándose en una cadena eterna, perpetuando una economía cerrada, sin salida real a un público ajeno al sistema. La diferencia radicaba en que las empresas ésas, por supuesto, se volvían millonarias en poco tiempo. Había modelos más sostenibles que otros, unas llevaban años y otras duraban apenas una semana. En muchas, ya sólo veías anuncios de otros como tú, cazando referidos. Deplorable la cosa. Además, mi computadora padecía un uso intensivo

Pero aquello no me quitó el interés por ganar dinero online. Y entonces encontré, por allá por el 2013, la primera empresa que me contrató en forma para un trabajo a distancia. No sólo eso, sino que consideraba ya mis estudios en Lengua y Literaturas Hispánicas y, mientras más habilidades se poseían (conocimiento de otras lenguas, creación de bases de datos, corpus léxicos, corrección técnica, etcétera), más chamba ofrecía y mejores pagos brindaban. Se llamaba Appen Buttler Hill y era australiana. Aún existe y siguen con muchos proyectos, pero, como todas las empresas, ya pasó a otras manos. No la compraron, más bien, compró empresas más pequeñas. Muchas cosas han cambiado (como que todos los proyectos y su documentación, sin importar si son para hispanoparlantes, están en inglés), pero sigue siendo muy funcional. 

Con ellos llegué a obtener empleo en forma, trabajando unas 5 horas diarias (era a destajo, yo elegía mi tiempo) para transcribir audios a texto, horas y horas, corregir lo que otros transcribieron, o proyectos donde involucré a familiares o amigos, de cierta edad, para igual generar corpus orales de español mexicano. Estábamos colaborando para crear cosas inexistentes, hoy tan comunes, como pedir algo por voz a Siri o Alexa, decir "Ok Google" para que se haga la luz, que una "IA" transcriba voz a texto o, lo peor, que hiciera mi trabajo: corrección ortotipográfica. Era en línea, pero ya tenía un ingreso aceptable para alguien "que trabaja". Apenas comenzaba a dejar de tener apoyo de mis padres y pagar todo yo. Me alcanzaba para una renta compartida, por ejemplo. Pero Appen cambió, igual que mis necesidades, y lo dejé. Trabajé unos cuatro años en distintos proyectos con ingresos quincenales de unos 4 o 5,000 pesos. Lamentablemente, había temporadas sin proyectos activos para mi perfil o yo mismo no contaba con el equipo adecuado para sacar el trabajo ni me dedicaba tanto tiempo, pero pudo ser mejor. 

Luego vino LowpostYa para entonces yo daba clases, participaba en convocatorias para proyectos culturales en mi estado, y hacía mil cosas distintas, como todo artista o persona de mi generación, para sobrevivir con varios medios de ingreso. Buscaba además el beneficio de alguna beca literaria, algún premio o pubicar en revistas que pagaban (gracias, Diez4 de Tijuana). No abundaba el trabajo para un letroso y había dejado la Ciudad de México, donde algo más podía haber. Lowpost era una compañía digital donde redactaba textow publicitarios según solicitara el cliente. La solicitud más común era la creación de textos relativamente breves, para blogs, con posicionamiento SEO (hoy los lamamos "post"). Avancé mucho en esa plataforma y pasé de sólo redactar a también corregir; y, luego, de corregir a evaluar a nuevos miembros. Al final, ya me pedían trabajos especiales. Eran peticiones mejor pagadas, donde me encargaba de todo el contenido de un cliente por periodos más o menos extensos. Era mucho trabajo, pero ¡me pagaban por escribir y corregir textos!, aunque no fueran literarios. Podía pagar ya una renta con mi pareja, colaborar para llevar una vida independiente y, lo mejor, trabajar en un pueblo de Morelos que me encanta, pero que, como todos los pueblos de México, no tienen mucha oferta laboral, menos para un escritor. 

Con el tiempo, el modelo económico de Lowpost fue perdiendo calidad. Pagaban primero en euros, luego en dólares. Paypal quitaba mucho por comisión, pero no me rajaba y, aunque los redactores europeos se quejaban mucho, por suerte, logré posicionarme para obtener un ingreso decente (en ese tiempo, yo creía que era decente) de este lado del mundo. Sin embargo, poco a poco iba aumentando el trabajo y disminuyendo la paga. La generación de textos, relacionada con el ya existente trabajo de copywriter, pero luego fatalmente popularizado y menospreciado, se fue volviendo una necesidad numerológica de las empresas, para estar "siempre activas", pero no estaba centraba en la calidad del contenido. Corría el año 2019 y ¿a quién le importaba el contenido mientras hubiera flujo, ganchos, posicionamiento en buscadores, atracción permanente de clientes, que tampoco leen, pero gracias a eso llegan a su landing page y consumen? ¿Suena a algo común hoy? Pues sí, ya estaba listo el terreno y así se fue al diablo Lowpost en cuanto comenzó la pandemia. No duraron mucho. A pesar de que estuvieron un buen tiempo en línea, el trabajo prácticamente se agotó, yo me quedé sin empleo en un momento muy duro. Luego anunciaron el cierre de actividades en la misma página.  

El mundo digital cambió en aquel 2020 y, con la redacción automatizada, miles de empresas usando el mismo modelo, millones de personas haciendo las mismas cosas, ahora con video, hiprebreve, lo más viral e incendiario posible, ¿para qué esforzarse y pagarlo bien? Para qué pagarlo siquiera. A la fecha de esta entrada, visité su sitio web y parece que ahora funcionan con otra razón social, hacen lo mismo, pero con IA. Además, ya existían, pero comenzaron a abundar los estudios o cursos especializados para perfiles de administradores de redes sociales, análisis de datos y posicionamiento web, empresarial o personal. Contenidos al por mayor, visibilidad perpetua, monetización muy baja pero masiva. Todo se abarató y se acabó un breve mercado para redactores. Sin embargo, la pandemia abrió la puerta a algo que ya venía considerando en todos esos años de experiencia en línea. Las empresas, siempre beneficiándose, tenían un agujero legal: frente a un modelo laboral tradicional, podían tercerizar gastos de infraestructura al empleado y éste, con el debido discurso, estaría agradecido de hacerlo.

Debemos ser conscientes de que la insistencia de los CEO de grandes empresas tecnológicas en que "lo humano está superado", sustentada a menudo en sentencias del transhumanismo, no son meras ideas propias o propuestas filosóficas nacidas de la reflexión, sino estrategias de marketing que preparan el terreno social para sus productos. Lo mismo sobre prácticas sociales (como reunirse en centros de trabajo específicos, o simplemente reunirse) habitualmente tratadas despectivamente como "tradicionales". Lamentablemente, mucha gente no se da cuenta de ello y, aunado a cambios socioculturales, donde muchas personas no quieren ni pararse ya de la cama, no quieren tener contacto con humanos, ya ni quieren salir para comprar los ingredientes de su comida, a hacer ejercicio ni respirar aire natural -ya no digamos "puro"-, estos modelos se volvieron mucho más abusivos, pues todo lo puedes hacer o pedir desde casa.  No hablemos de asegurar a los empleados, de prestaciones mínimas o responsabilidad social, pensemos en pura infraestructura, por ejemplo:

    - Miles de personas hoy en día, con su contrato doméstico, ayudan a ahorrar a empresas que ya no tienen ni que pagar la factura de luz. En México, el contrato de suministro de energía eléctrica para uso general, tarifa PDBT de la CFE, usado por la mayoría de negocios, no tiene el subsidio de un servicio de uso doméstico. Estas compañías están beneficiándose de un apoyo social, ese subsidio, para lucrar. No es justo, ya que no se trata de personas físicas con activiades empresariales que pueden deducir su factura de luz debidamente contratada. No. Hablamos de inmensos corporativos, a menudo transnacionales.

    - Si en una oficina no hay luz, ésta, por no comprometer su productividad, debe resolverlo con plantas de generación, sobre todo cuando se trata de servicios o productos de primer orden o que trabajan las veinticuatro horas. Hoy en día, el empleado/usuario debe exigirle eso al servicio de suministro público. 

    - El caso de otro servicio vital, el agua potable, es similar. Aunque su gestión no es federal, sino municipal, tiene costo distinto para un uso comercial. Más aun, las empresas están obligadas a garantizar instalaciones higiénicas a sus empleados y, si no hay agua por obvias razones relativas al desabasto, tienen que garantizar al empleado el acceso a baños e instalaciones limpios y agua corriente con la debida inversión entre personal de limpieza y compra de agua.

    - Cosas tan simples como equipamiento básico de oficina: la silla, el escritorio y el mousepad adecuados para evitar daños a la salud relativos a las funciones a desarrollar, deben ser cubiertas por las empresas. El empleado a distancia en México, en el mejor de los casos, las cubre con su propio dinero. Por supuesto, por ahorrarlo, casi no se cubren. ¿A cuántas personas que trabajan en línea les ha mandado su empresa una silla ergonómica adecuada, de calidad, funcional, y larga vida, de esas que rondan, las de gama media, los $10,000, o les ha bonificado su compra? Las hay de unos $30-50,000.

    - Los requerimientos de Protección Civil para el espacio laboral, así como la cobertura de cualquier tipo de accidente durante el horario laboral se han dejado totalmente de lado. ¿Una comisión para siniestros, por desastres naturales, alguien que sepa primeros auxilios, campañas de vacunación u otras actividades de interés colectivo directamente en tu oficina? Nada, todo lo debes buscar y cubrir por tu cuenta.

    - Mucha gente teme perder el trabajo por funciones de automatización tecnológica. Está de más el análisis de que la tecnología no es el monstruo, sino sus propietarios, y quienes toman las decisiones de su desarrollo y aplicación. Sin embargo, es más común la pérdida de empleos por el abuso de estas compañías ahí donde hay carencias legales, de oferta laboral, y donde han enraízado a base de meterle en la cabeza a la gente que aislados "la harán mejor". Consiste en derivar el empleo de tres personas no a una máquina, sino a una sola persona que va a resolver todo lo que en una oficina tradicional resolvían distintos puestos con funciones diversas. Hablamos de un sistema que pone a competir y, al mismo tiempo, separa, explota y vence. Lo han logrado, nos separaron y nos vencieron, y lo aceptamos con un dedo metido en la boca y agradeciéndoles que "nos den chamba".

No hablemos ya tampoco del estrés y desgaste que esto genera. Donde nosotros mismos nos pusimos el pie diciéndonos que esa supuesta "libertad" es mejor que hacer un trabajo monótono y diario durante muchos años, con jefes y escalafón. Pues bienvenidos a la realidad, gente preciosa que cree que no es "clase trabajadora" tradicional porque trabaja tan duro desde su libertad, independiente, tan hermosa y gozosa, a un clic de distancia, siempre adelante de los demás: no son más exitosos, no serán ricos; lo que es peor, no pueden comprarse una casa ni garantizar su seguridad social, ni vivir sin deudas, ni salir de ese ciclo que relaciona todo esto. No están aislados del mundo. Su "vivir al margen" afecta al colectivo en que efectivamente vivimos, y no es nuestra culpa, pero tampoco podemos hacernos de la vista gorda. Por cierto, el discurso vanguardista económico comienza a decirnos también que nada de eso, ni una casa, ni seguridad social, ni una vejez digna, ni un retiro, son necesarios.

Como siempre que se desarrolla una tecnología y hay subsecuentes usos sociales, la idea del trabajo a distancia no es el problema. Es la falta de regulación y el abuso, a conciencia, de tantas carencias sociales para que esas empresas se pasen de la raya. Hablé sólo de infrastructura, pero, superados los problemas cliché relativos a seguridad social o prestaciones, que son muy visibles y que más o menos se han buscado regularizar, o la gentrificación producto de diferencias salariales entre naciones ricas y el llamado "tercer mundo" (o el eufemismo teórico-académico de moda), hay algo más: muchas empresas tienen su registro legal fuera de México. 

Toda su ganancia no deja nada aquí, toda la fuerza de trabajo de aquí tampoco deja nada, más que los gastos de su supervivencia que es para lo que le pagan. Aparentemente, meten dinero al país gracias al empleo que dan, pero ni es el pago adecuado para la fuerza laboral invertida (en empresas nacionales o latinoamericanas estaría mejor invertido), ni dejan la mínima parte fiscal correspondiente. De su salario, todavía el usuario/empleado debe cubrir los requerimientos de impuestos por su empleo. Por supuesto, en nuestro nunca bien organizado ni debidamente ejecutado sistema de recaudación -corrupción de por medio-, nula credibilidad en su uso adecuado por parte del Estado, etcétera, mucha gente no aporta nada al gasto común con esos empleos. Lamentablemente, tampoco se pagan un seguro, no sólo médico, el básico no el de gastos "mayores", sino relacionado con sus funciones laborales. Subsidian a empresas externas con la inversión en todo su equipo, les dan su fuerza de trabajo y, por supuesto, no alcanza lo que dan (aun cuando sea un aparente "buen salario"), para de ahí pagar todo lo que una empresa debidamente constituida en el país paga, aun las debidamente funcionales que ofrecen esta modalidad de empleo. 

El trabajo a distancia, o exclusivamente en línea, todo lo que aborda el HomeOffice, no es el problema, insisto. Al contrario, no está nada mal tener esta opción laboral. La propuesta es pensar bien lo que estamos dispuestos a hacer y a perder para dejar que otra compañía abuse de nosotros como individuos o nación, y afecte nuestro entorno laboral y las instituciones -siempre a la baja- que hacen a nuestros países (cuento sólo con ejemplos de México, pero pienso en Latinoamérica entera) todavía más rezagados. La falsa comodidad y acercamiento a trabajos adecuados, no siempre disponibles, son ganchos muy eficaces, caros a todos nosotros, pero hay que considerar la estructura sistémica y a largo plazo. 

No es casual que en todos los casos de empresas y procesos por los que obtuve un ingreso antes de la pandemia tendieran a empobrecerse en un mundo que los volvía pura publicidad, pura nada, que los simplificaba a un "cualquiera puede hacerlo" e implicaba, entonces, su abaratamiento. Es decir, todos se volvieron, a excepción de Appen, un círculo vicioso de un sistema digital que no genera nada útil para la sociedad, pero sí mucho movimiento social y ruido capitalizable (sí, como sistema de popularidad para vender lo que sea, donde no importa el producto -el arte por ejemplo-, sólo la visibilidad). Todas, además, usan métodos que antes de que en Internet todo fuera vendible, podían utilizarse para crear comunidades más informadas, enriquecidas mediante la compartición de muchas cosas, de manera gratuita o -cuando menos- más justa, mediante opciones cuya elección radicara en el usuario/consumidor; no que lo obligaran a una sola. 

Para ser más claros, no es casual que todos esos modelos de negocio, que no dejan de enriquecerse, tiendan a justificar, mediante el descrédito y la masificación, el pagar poco o casi nada a sus activos y todólogos "colaboradores" o "socios", nunca empleados

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13 mar 2026

Sobre el nocivo daño -también el entendimiento- de una postura "antivacunas"

Es muy grato contar siempre con información de gente acreditada y bien documentada, sin intereses de un lado u otro de ciertas políticas, gobiernos, empresas o ganas de darse a conocer a toda costa.


Masaje cerebral
Temporada 7, Episodio 18
"Sarampión"


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10 nov 2025

Sobre "Poema de Cuernavaca", nota de Davo Valdés en La Jornada

Escribieron sobre mi "Poema de Cuernavaca", texto publicado en la francesa Resonancias Literarias, que también tuvo el honor de ser la última publicación de la desaparecida Palabras Malditas en el lejanísimo 2015 (por aquí un recuerdo en la WayBack Machine). Había sido coleccionado en El morbo y las promesas (2014), poemario autoeditado, impreso y cosido en casa, que por entonces leía y vendía en las rutas (microbuses) de Cuernavaca y Ciudad de México.

El poema surgió en parte, al menos el nombre, por el "Poema de Beirut" de Mahmud Darwish. La crítica de Davo Valdés en su columna "Algo como una fruta" le atinó a todo y, aunque la publicó hace tres meses, me dio gusto encontrarla ayer en La Jornada Morelos, pues no tengo redes sociales y apenas la leí. Sólo hay un error definitivo: dice que soy "del Estado de México, pero afincado en Morelos desde hace muchos años". En realidad, soy 1000% guayabo, y así lo confiesa la parte autobiográfica de ese poema:

        Me presento, nací en tus ojos
        cuando la clínica militar
        estaba adentro de la veinticuatroava,
        el año en que Juan Pablo II
        hizo su segunda visita a este país...

Pues nací literalmente en las instalaciones de la Veinticuatroava Zona Militar, en Cuernavaca. Ahí estaba la clínica militar en el '90 y mi padre era oficial activo -por lo que teníamos ISSSFAM- y mi mamá dio a luz en ella.

Comparto la nota:

https://www.lajornadamorelos.mx/opinion/algo-como-una-fruta-89/


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30 oct 2025

Sobre la moral intelectual reinante

 Palabra de poeta:

    -Como no tengo una obra poética que se sostenga por sí sola, me baso en mi pulcritud moral, convenida con la bondad de otrxs, para siempre legitimar, defender e imponer la estafa que llamo literatura" 

(siempre lo conveniente, siempre bien rebelde)

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"Muy punk" - La Polla Records